Los bebés de este siglo tienen la suerte de nacer en un mundo que los ve como seres pensantes y sensibles, con capacidad de entender el lenguaje de sus padres y de comunicarse con esos interlocutores interesados.
Aún más sorprendente, el mundo actual es capaz de entender que el desarrollo biológico, neurológico y psicológico no arrancan en el momento del nacimiento sino desde la gestación.
También hemos logrado comprender que la idea del desarrollo escalonado donde el niño adquiere cosas para pasar a la siguiente competencia, tampoco es una verdad definitiva pues cuando un ser durante su desarrollo adquiere cosas, al mismo tiempo pierde otras.
La crianza dejó de ser algo en que los adultos se dedicaban a alimentar y cuidar físicamente de las criaturas.
Sin embargo, el mundo de los bebés sigue siendo un misterio para algunos. La tarea parece difícil, pero en realidad el bebé y sus padres lo hacen todo. Son ellos quienes se enamoran del nuevo ser, son ellos los que lo conocen desde antes de nacer. Basta con ayudarles a interpretar el comportamiento de su hijo, porque al contrario de lo que nos han enseñado en la universidad, son ellos los expertos en su nuevo bebé.
Quiero insistir en la tarea de los profesionales que trabajamos al lado de las familias.
Nuestra labor no es tener una relación con los padres donde prescribimos, enseñamos, y señalamos sus errores. Debe ser colaboradora, positiva, de acompañamiento, para poder trasmitir nuestro conocimiento. Normalmente ellos y nosotros nos comportamos como si el saber estuviera de un solo lado. ¿Qué haría el pediatra en su ejercicio si la información que los padres proporcionan para hacer su diagnóstico o para que el niño se mejore? ¿Qué hacen los maestros sin el aporte de los padres?
Esto es lo que veo en cada conversación que tengo con un papá o una mamá cuando van a preguntar por algún tema de crianza. No importa lo compleja que sea la consulta, los papás siempre saben de qué están hablando. Ellos necesitan ser interpretados y están buscando una guía.
Mostrarle a un padre que su hijo con horas de nacido se voltea al oír su voz porque la reconoce y la diferencia de los demás, abre las puertas a un mundo de comunicación emocional inimaginable. Le permite comenzar a leer y a observar el comportamiento del pequeño como parte del lenguaje. Fortalece el vínculo de estos y promueve la interacción.
El conocimiento que ustedes adquieran debe ser utilizado en cada momento de su vida profesional como un instrumento para generar caminos de cercanía entre los padres y los hijos, el interés debe centrarse en ser un buen mediador de esa interacción que comienza a darse.
Durante la formación y en la vida profesional además de preocuparnos por lo académico y por la actualización, tenemos que estar interesados en tener una mirada multidimensional.
Cuando hablamos de bebés, necesariamente hablamos de sus padres y de sus cuidadores, de no hacerlo sólo tenemos una parte del conocimiento de estos niños y niñas. Ellos necesitan, para sobrevivir, para crecer y desarrollarse, del otro.
Es la nutrición emocional lo que le va a permitir que su cuerpo y su mente evolucionen. Nutrir emocionalmente es formar, poner límites, dar referencia sobre el significado de las experiencias, acompañar, contener, validar los sentimientos de los niños. (J.Morales, C. Zuleta 2005)
Por eso me parece importante hablar sobre esa triada madre-padre-hijo. Teniendo en cuenta, claro, que algunos niños tienen como referencia un cuidador emocionalmente significativo que no son sus padres.
Los niños y las niñas tienen un temperamento definido desde el momento de su nacimiento que va a caracterizar su forma de reaccionar ante el mundo. El entorno y sus experiencias van a ser los encargados de moldear su carácter. Si le preguntamos a la madre cómo es su hijo a las pocas horas de nacido, ella es capaz de dar una respuesta muy clara sobre ese temperamento. Con mucha frecuencia hacen descripciones sobre sus hijos de cuando estaban embarazadas. Podemos hablar, entonces, de que el comportamiento es el lenguaje del bebé y quien primero lo lee son papá y mamá.
Esta danza del leguaje es la que debemos promover pues las personas más significativas emocionalmente son los padres, son ellos la referencia más fuerte sobre el mundo, es con ellos con quienes el bebé le va a dar significado a sus experiencias. Cuando los padres faltan debe haber algún adulto que permanezca y sea constante en la vida de este bebé, para que este sea emocionalmente significativo.
Hemos visto también que la crianza necesita guías pues no es innato a las personas conocer y leer a su bebé. En mi experiencia de acompañar a padres, darles herramientas, permitirles entender el comportamiento de sus niños es la clave para mantener esa comunicación de ida y vuelta que permite cercanía y crecimiento juntos. Cuando un bebé mira a su madre en busca de una respuesta y esta sonríe, el bebé responde de vuelta, esto le permite estar alerta, activar sus músculos y entender cosas como causa-consecuencia.
Durante el proceso suceden cosas nuevas cada día, algunas de ellas predecibles dependiendo del momento de desarrollo emocional en que se encuentra el bebé; otras van a depender del entorno y de las condiciones biológicas particulares de cada uno.
El desarrollo se va a caracterizar por tener avances, momentos de afianzamiento de los nuevos aprendizajes y momentos críticos que anteceden generalmente a un logro.
Durante los momentos críticos, no solo se desorganiza el niño, sino también su entorno y principalmente la familia. Anticipar y predecir estos momentos, permitirá a los padres entender mejor a sus hijos y favorecer así sus relaciones. (B. Brazelton. Su hijo. Editorial Norma.)
El objetivo principal del desarrollo es que los niños y las niñas adquieran habilidades en todas las áreas, y que éstas les permitan aprender a enfrentarse al mundo y establecer relaciones significativas con otras personas.
El motor de todas las áreas del desarrollo es lo emocional. Las emociones nos permiten darle propósito a nuestro comportamiento y significado a nuestras palabras. Nos ayudan a construir ideas abstractas y conceptos. (S. Greenspan, M.D.)
Al nacer, el cerebro contiene casi todas las células nerviosas que tendrá para el resto de la vida, el estilo de conexión entre ellas aún tiene que estabilizarse. Hasta este punto, dice Shatz, ‘lo que el cerebro ha hecho es establecer los circuitos requeridos para la visión, el lenguaje, o lo que sea’. Y ahora depende de la actividad neural – ya no espontánea, sino dirigida por una multitud de experiencias sensoriales –tomar este plano y refinarlo progresivamente.
Durante los primeros años de vida, el cerebro pasa por una serie de cambios extraordinarios. Comenzando poco después del nacimiento, el cerebro de un bebé, produce trillones de conexiones entre neuronas adicionales a las que posiblemente podría usar. Después, el cerebro elimina conexiones, o sinapsis, que se usan poco o que nunca se dan. Las sinapsis que sobran en el cerebro de un niño pasan un descortezado, empezando alrededor de los diez años o antes, dejando como resultado un cerebro con marcos de referencia de emoción y únicos.
En ausencia de un ambiente estimulante, el cerebro de un niño sufre. Sin embargo la plasticidad del cerebro permite que niños pequeños que han sufrido algún daño cerebral puedan tener vidas funcionales en su vida adulta.
En el taller de desarrollo Vueltacanela, dentro del programa de integración, hemos tenido la experiencia de niños con parálisis cerebral y otro tipo de daños cerebrales. Superar grandes deficiencias con programas de estimulación adaptados e interdisciplinarios que incluyen a la familia.
El Dr. Harry Chungani, neurólogo pediatra en la Universidad de Wayne State en Detroit, dice " Puede que no hagamos mucho para cambiar lo que pasa antes del nacimiento, pero podemos cambiar lo que pasa después de que nace el bebé".
De hecho, los padres son los maestros principales y más importantes del cerebro.
Cuando se les habla a los bebés, las madres y los padres de la mayoría de las culturas cambian su manera de hablar. De esta forma, argumenta la Dra. Anne Fernald, psicóloga de la Universidad de Stanford: "Ponen sus caras muy cerca del niño", " usan frases cortas, y hablan de una forma melodiosa inusual. " Los latidos del corazón del bebé aumentan cuando escuchan parentese, aunque sea en un lenguaje extranjero. Además, el parentese agiliza el proceso de conexión entre las palabras con los objetos que las denotan. Los bebés de doce meses, a los que se les dice que miren a la pelota, en parentese, dirigen sus ojos al objeto correcto más frecuentemente que cuando la instrucción les es dada en lenguaje normal.
Otros estudiosos del lenguaje entre mamá- bebé, S.Stern-K.Kaye hablan de la paraexitación. Es un inter- juego comunicativo entre dos sistemas madre-bebé, en la cual la interacción gestual produce estímulos y respuestas. El bebé experimenta una serie de respuestas como dilatación de la pupila, movimientos bilaterales, se le paran los pelos y conductancia cutánea.
Son muchos los expertos que hoy estudian este lenguaje y sus repercusiones en el desarrollo emocional, cognoscitivo y físico del bebé.
Yo me voy a referir a un autor en particular que es el Dr. Stanley Greespan que describe seis momentos del desarrollo en la primera infancia en los que podríamos estimular su crecimiento emocional.
En los tres primeros meses de vida, cuando los padres arrullan a sus hijos, les cantan, les cuentan una historia, ayudan al bebé a cumplir con su primera tarea del desarrollo emocional que es autorregularse o interesarse por el mundo. En esta etapa el bebé hará un intento por controlar los estímulos nuevos e integrarlos para poder sentirse tranquilo a pesar de lo novedoso del entorno. Para lograr esto utilizará sus sentidos, debe atender a lo que oye, a lo que ve, lo que toca, lo que huele, lo que saborea y lo que experimenta a través del movimiento. El bebé logra atender simultáneamente a todos los sentidos.
Ambas capacidades se desarrollan de forma conjunta potenciándose la una a la otra. Cuando un bebé está tranquilo, mira, escucha y puede apreciar lo que ocurre en su entorno. Del mismo modo, un bebé que sabe o puede utilizar sus sentidos puede ayudarse a sí mismo a tranquilizarse y prestar atención. Es capaz de excitarse con las diferentes sensaciones al mismo tiempo que las utiliza para calmarse y regularse.
Durante las primeras semanas, los estados de interés o tranquilidad son escasos porque los momentos de alerta también son cortos, pero conforme pasa el tiempo, estos momentos también aumentan.
El bebé está teniendo seguridad a través de tener control. La confianza en la propia capacidad de regulación, es fundamental, constituye la base real de la experiencia emocional humana y se aprende desde el mismo momento de nacer.
En esta fase, su capacidad para organizar imágenes y sonidos está más desarrollada que la de organizar deseos e intenciones que, finalmente, le ayudarán a definir su identidad.
En las labores de cuidado del bebe y en el proceso de conocimiento que hace quien cuida, es donde están los aportes del adulto.
Si nos interesamos en las respuestas de esta etapa podremos entonces hablar del temperamento de nuestro hijo.
Es importante anotar que existen temperamentos difíciles y se caracterizan por mayor irritabilidad y dificultad para regular varios estímulos al mismo tiempo Ej. si lo arrulla, no le cante, si le habla, no le dé masajes.
Algunos niños responden diferente a lo esperado a los estímulos sensoriales, ya sea por alguna condición en su nacimiento o por un dolor generado por un factor interno o externo como un reflujo.
La responsabilidad del adulto es enseñarle al niño a reconocer sus sensaciones, respondiendo a las demandas que hace.
Muy pronto el bebé estará en capacidad de inhibir, responder a los estímulos del medio de manera simultánea y comenzará a interesarse, además del entorno, por las personas.
Esta etapa de los 2 a los 7 meses se caracteriza por el interés que despierta en el bebé el mundo humano. Inicialmente este interés se focaliza en las personas que lo atienden, lo cuidan, lo miman, le hablan, que generalmente son la madre y el padre. Mira a la cara, inicia la sonrisa y los susurros, atiende más a la voz, aparecen las primeras carcajadas, explora con el tacto. Hay una clara demostración de que el bebé está disfrutando la compañía del cuidador.
Responde con mayor intensidad a las interacciones sociales externas que en la primera fase en que dominaban las respuestas a las sensaciones físicas internas (hambre, gases etc.) y en la que la integración sensorial era prioritaria.
Por estas razones el Dr. Greenspan la denomina fase de enamoramiento y la compara con la del cortejo, la del noviazgo o la seducción.
A partir de la relación con sus padres, el bebé aumentará su círculo social sintiéndose a gusto con un grupo más amplio de personas.
El “sí mismo” aparece ahora en relación con los demás. Reacciona a los placeres y alegrías compartidas y también a la pérdida de las mismas.
Al involucrarse en relaciones con otras personas, la tarea es, entonces, establecer relaciones íntimas con padres o cuidadores.
El bebé, aun en una etapa pre-verbal, descubre que sus acciones desencadenan respuestas en otras personas distintas a él. Empieza a definir los límites entre el “yo” y el “tú”. Cuando la mamá le habla, él responde con prolongados balbuceos y la respuesta del adulto es lo que le anima a continuar su diálogo. Aprende la relación causa-efecto. Así como en el mundo de los objetos esta relación es sencilla de establecer y el niño puede aprenderla solo, en el mundo de las emociones esta relación es más compleja y no alcanzará a comprenderla totalmente hasta los 5 o 6 años. En esta fase el bebé ya no solo expresa placer y displacer, alegría y enfado, puede expresar miedo tristeza, sorpresa, decepción etc. Con la aparición de la intencionalidad emerge la necesidad que el niño tiene de que se le impongan unos límites. Cuando leemos un cuento, el bebé se interesa en los gestos que muestran diferentes sentimientos, va a interactuar con un propósito y a ser tenido en cuenta, va a responder con su leguaje del comportamiento que está acompañado de los balbuceos.
Esta intencionalidad va a ser uno de los motivantes del movimiento motor que en los siguientes meses va a ser lo más evidente en los logros del bebé.
Entre los 9 y los 18 meses, el niño empieza a desplazarse y acaba haciéndolo de forma bastante perfeccionada, su comunicación gestual es sofisticada, puede comunicarse con algunas palabras, puede comunicar sus sentimientos dando un abrazo, es capaz de desplazarse hacia la puerta para recibir a su madre y, a su vez, puede alejarse de ella si está enfadado. Si en fases anteriores la capacidad de mostrar sus emociones se limitaba a llorar o sonreír y con otra sonrisa por respuesta se daba por satisfecho, en este momento ha de ser capaz de unir muchas pequeñas actividades y emociones para demostrar su estado de ánimo y exigirá también respuestas más complejas.
Está organizando su conducta y sus emociones. Él aprenderá por sí mismo la influencia que puede ejercer sobre los objetos pero únicamente a través de otra persona aprenderá que los sentimientos amorosos conducen a un abrazo o que una patada o un mordisco conducen a un enfado. De pronto es consciente de que puede tener la iniciativa de poner en práctica conductas que satisfagan sus necesidades y sus deseos y que proporcionen placer a los demás.
Ha adquirido la seguridad en sí mismo suficiente como para tolerar un control a distancia de la madre. Ya no necesita verla, con oírla o saber que está, es suficiente.
Hacia los 18 meses se identifican completamente con el espejo que, junto con la adquisición de la marcha autónoma, la capacidad de explorar ampliada y la independencia que adquiere, son hitos importantes para la consolidación del Yo diferente de los demás.
El proceso más complejo de esta fase es la reunificación de varias reacciones emocionales en una misma persona: él mismo o los demás. En fases anteriores, la madre enfadada para él era la madre mala y la madre cariñosa, la madre buena y no podía conciliar a las dos madres en una. Él, curioso, rabioso o alegre era vivido como islotes aislados no reconocibles como pertenecientes a un mismo ser. Ahora empieza a entender que una misma persona puede estar contenta o enfadada, ser activa y pasiva, sentirse triste o feliz y además seguir siendo su persona amada y la que le da seguridad y protección independientemente de la emoción que le invada en ese momento.
El niño empieza a aceptar los límites y, a partir de ellos, aprenderá lo que puede y no puede hacer. También empieza a elegir a qué jugar, con quién ir, a quién dirigirse y qué límites desea aceptar o transgredir.
En esta etapa es importante que los libros formen parte de los juguetes del niño, pues si se ha motivado en la lectura, podrá desplazarse para alcanzar el libro preferido y pedirle al adulto que se lo lea.
Durante los 2 primeros años de vida, el desarrollo global del niño ha sido vertiginoso y esto afecta también al desarrollo emocional.
Ha adquirido independencia pero aun no está suficientemente seguro para utilizarla, sus posibilidades de expansión son enormes pero puede tener miedo de no poderlas controlar, empieza a saber lo que puede o no puede hacer pero no tiene muy claros los límites, no sabe interpretar todos los estados emocionales de los adultos y se esfuerza en comunicar los suyos aunque no siempre su lenguaje aun limitado le permita hacerlo con propiedad.
Entre los 2 y 3 años aumentan las rabietas, los enfados y la terquedad que no deben siempre interpretarse como desafíos a la autoridad sino que pueden ser reflejo del tremendo esfuerzo que ha de hacer el niño para utilizar todo lo que ha aprendido tan rápidamente. Quiere tomar decisiones pero todavía no sabe hacerlo bien, cuando finalmente quiere algo y lo obtiene, duda sobre su decisión y opta por otra cosa y luego quiere las dos y ahí es cuando viene su frustración. Está pidiendo a gritos que alguien le ayude a mantenerse en alguna decisión y así darle valor a su palabra. Lo que está pidiendo es que le ayuden a poner límites. Claramente sus protestas van a ser más verbales hacia los tres años.
Entra en la etapa de la simbolización.
El niño es capaz de manejar símbolos, gracias a la maduración de su sistema nervioso junto con la riqueza de las experiencias afectivas experimentadas con anterioridad.
A partir de este momento el niño es capaz de sentir placer no únicamente viendo u oyendo a su madre sino únicamente imaginándosela. Es capaz de resolver un conflicto representándoselo y sin necesidad de pasar a la
acción.
La foto de un árbol puede producirle una imagen mental de paz y la de una barca, de miedo, en función de las experiencias emocionales que el niño haya previamente experimentado respecto a ambos elementos.
Durante los primeros meses de vida el bebé reconocía a las personas por el olor, o por la voz o el tacto, actualmente a este conocimiento se une el de si es simpática, si tiene mal genio, si es alta o baja, más o menos tolerante con él; puede identificarla aunque esté triste o alegre y puede imaginársela jugando con él o riñéndole o vestida de Caperucita Roja, sin estar ella presente.
El niño es capaz de crear una imagen mental física o emocional de una persona, de una situación o de una interacción y utilizará esta posibilidad para resolver conflictos, calmar ansiedades, anticipar situaciones, etc.
En el momento en el que el niño aprende a utilizar símbolos para crear un estado interno de seguridad y para poder pensar en su mundo interior y su entorno comienza a experimentarse a sí mismo, en parte, como lo hacen las personas adultas.
La Dra. Breslau Lewis describe la etapa de los 2 años y medio a los 4 años, como un momento en que los niños y las niñas descubren la lógica causa-efecto aplicada a las emociones. Puede darse cuenta de que sus sentimientos de rabia y la conducta correspondiente pueden llevar a castigos o miradas furiosas de sus padres. A partir de ahora iniciará la construcción de su futura conciencia moral.
Puede combinar muchas ideas y sentimientos de forma lógica y cuenta con más recursos para analizar la realidad y diferenciarla de la fantasía, controlar sus impulsos, estabilizar sus estados de ánimo, ser emocionalmente más estable, combinar pensamientos y emociones para que tengan un sentido y poseer mayor capacidad de concentración y de planificación de futuro. Es maravilloso ver cómo a los cuatro años, los niños y las niñas que se ponen un disfraz, se convierten en el personaje que representan. Esa conciencia entre lo real y la fantasía, les permite representar muy bien su papel
En este momento discrimina entre él y los demás y sus emociones y las que pertenecen a los otros. Puede aparecer la figura del amigo imaginario y emergen los sentimientos de culpa y de vergüenza.
Es capaz de matizar y es más flexible y sutil al interpretar sus emociones y las de los demás y esto le permite comprender mejor cómo es él mismo y también el resto de personas. Comprueba la complejidad del mundo de las emociones.
Otro cambio importante de esta etapa es el inicio de las relaciones triangulares. ”El tío es hermano de mi mamá” Hasta ahora era con el padre o la madre pero a partir de este momento será capaz de incluir a los dos en su relación de forma simultánea, puede incluir hermanos, compañeros de guardería, hacer alianzas etc. y esto le ayudarán a consolidar su YO con mayor seguridad que en etapas anteriores.
Las fases se solapan en edad debido a que el inicio y el final no son conceptos rígidos y/o a que algunos cambios se realizan de forma simultánea.
Al igual que las actitudes y respuestas que los adultos damos a los niños desde los primeros momentos de su vida facilitan o entorpecen el desarrollo y control de sus emociones, el cerebro desempeña un papel fundamental.
Pasar de una emoción simple a otras complejas, de intereses muy limitados a querer descubrir el mundo, de la rigidez a la flexibilidad, adquirir la capacidad de diferenciación y reconocerse como “si mismo” diferente de los demás, controlar los miedos y la ansiedad, adquirir seguridad etc. requieren que el sistema nervioso central haya alcanzado la madurez adecuada.
Las alteraciones psicológicas en los niños, al igual que en los adultos, no aparecen de forma repentina y suelen ir precedidas de unos signos de alerta.
Bibliografía.
Michel Zule
Michel Kocs
D. Stern – K Kaye
Ellen Stork
También hemos logrado comprender que la idea del desarrollo escalonado donde el niño adquiere cosas para pasar a la siguiente competencia, tampoco es una verdad definitiva pues cuando un ser durante su desarrollo adquiere cosas, al mismo tiempo pierde otras.
La crianza dejó de ser algo en que los adultos se dedicaban a alimentar y cuidar físicamente de las criaturas.
Sin embargo, el mundo de los bebés sigue siendo un misterio para algunos. La tarea parece difícil, pero en realidad el bebé y sus padres lo hacen todo. Son ellos quienes se enamoran del nuevo ser, son ellos los que lo conocen desde antes de nacer. Basta con ayudarles a interpretar el comportamiento de su hijo, porque al contrario de lo que nos han enseñado en la universidad, son ellos los expertos en su nuevo bebé.
Quiero insistir en la tarea de los profesionales que trabajamos al lado de las familias.
Nuestra labor no es tener una relación con los padres donde prescribimos, enseñamos, y señalamos sus errores. Debe ser colaboradora, positiva, de acompañamiento, para poder trasmitir nuestro conocimiento. Normalmente ellos y nosotros nos comportamos como si el saber estuviera de un solo lado. ¿Qué haría el pediatra en su ejercicio si la información que los padres proporcionan para hacer su diagnóstico o para que el niño se mejore? ¿Qué hacen los maestros sin el aporte de los padres?
Esto es lo que veo en cada conversación que tengo con un papá o una mamá cuando van a preguntar por algún tema de crianza. No importa lo compleja que sea la consulta, los papás siempre saben de qué están hablando. Ellos necesitan ser interpretados y están buscando una guía.
Mostrarle a un padre que su hijo con horas de nacido se voltea al oír su voz porque la reconoce y la diferencia de los demás, abre las puertas a un mundo de comunicación emocional inimaginable. Le permite comenzar a leer y a observar el comportamiento del pequeño como parte del lenguaje. Fortalece el vínculo de estos y promueve la interacción.
El conocimiento que ustedes adquieran debe ser utilizado en cada momento de su vida profesional como un instrumento para generar caminos de cercanía entre los padres y los hijos, el interés debe centrarse en ser un buen mediador de esa interacción que comienza a darse.
Durante la formación y en la vida profesional además de preocuparnos por lo académico y por la actualización, tenemos que estar interesados en tener una mirada multidimensional.
Cuando hablamos de bebés, necesariamente hablamos de sus padres y de sus cuidadores, de no hacerlo sólo tenemos una parte del conocimiento de estos niños y niñas. Ellos necesitan, para sobrevivir, para crecer y desarrollarse, del otro.
Es la nutrición emocional lo que le va a permitir que su cuerpo y su mente evolucionen. Nutrir emocionalmente es formar, poner límites, dar referencia sobre el significado de las experiencias, acompañar, contener, validar los sentimientos de los niños. (J.Morales, C. Zuleta 2005)
Por eso me parece importante hablar sobre esa triada madre-padre-hijo. Teniendo en cuenta, claro, que algunos niños tienen como referencia un cuidador emocionalmente significativo que no son sus padres.
Los niños y las niñas tienen un temperamento definido desde el momento de su nacimiento que va a caracterizar su forma de reaccionar ante el mundo. El entorno y sus experiencias van a ser los encargados de moldear su carácter. Si le preguntamos a la madre cómo es su hijo a las pocas horas de nacido, ella es capaz de dar una respuesta muy clara sobre ese temperamento. Con mucha frecuencia hacen descripciones sobre sus hijos de cuando estaban embarazadas. Podemos hablar, entonces, de que el comportamiento es el lenguaje del bebé y quien primero lo lee son papá y mamá.
Esta danza del leguaje es la que debemos promover pues las personas más significativas emocionalmente son los padres, son ellos la referencia más fuerte sobre el mundo, es con ellos con quienes el bebé le va a dar significado a sus experiencias. Cuando los padres faltan debe haber algún adulto que permanezca y sea constante en la vida de este bebé, para que este sea emocionalmente significativo.
Hemos visto también que la crianza necesita guías pues no es innato a las personas conocer y leer a su bebé. En mi experiencia de acompañar a padres, darles herramientas, permitirles entender el comportamiento de sus niños es la clave para mantener esa comunicación de ida y vuelta que permite cercanía y crecimiento juntos. Cuando un bebé mira a su madre en busca de una respuesta y esta sonríe, el bebé responde de vuelta, esto le permite estar alerta, activar sus músculos y entender cosas como causa-consecuencia.
Durante el proceso suceden cosas nuevas cada día, algunas de ellas predecibles dependiendo del momento de desarrollo emocional en que se encuentra el bebé; otras van a depender del entorno y de las condiciones biológicas particulares de cada uno.
El desarrollo se va a caracterizar por tener avances, momentos de afianzamiento de los nuevos aprendizajes y momentos críticos que anteceden generalmente a un logro.
Durante los momentos críticos, no solo se desorganiza el niño, sino también su entorno y principalmente la familia. Anticipar y predecir estos momentos, permitirá a los padres entender mejor a sus hijos y favorecer así sus relaciones. (B. Brazelton. Su hijo. Editorial Norma.)
El objetivo principal del desarrollo es que los niños y las niñas adquieran habilidades en todas las áreas, y que éstas les permitan aprender a enfrentarse al mundo y establecer relaciones significativas con otras personas.
El motor de todas las áreas del desarrollo es lo emocional. Las emociones nos permiten darle propósito a nuestro comportamiento y significado a nuestras palabras. Nos ayudan a construir ideas abstractas y conceptos. (S. Greenspan, M.D.)
Al nacer, el cerebro contiene casi todas las células nerviosas que tendrá para el resto de la vida, el estilo de conexión entre ellas aún tiene que estabilizarse. Hasta este punto, dice Shatz, ‘lo que el cerebro ha hecho es establecer los circuitos requeridos para la visión, el lenguaje, o lo que sea’. Y ahora depende de la actividad neural – ya no espontánea, sino dirigida por una multitud de experiencias sensoriales –tomar este plano y refinarlo progresivamente.
Durante los primeros años de vida, el cerebro pasa por una serie de cambios extraordinarios. Comenzando poco después del nacimiento, el cerebro de un bebé, produce trillones de conexiones entre neuronas adicionales a las que posiblemente podría usar. Después, el cerebro elimina conexiones, o sinapsis, que se usan poco o que nunca se dan. Las sinapsis que sobran en el cerebro de un niño pasan un descortezado, empezando alrededor de los diez años o antes, dejando como resultado un cerebro con marcos de referencia de emoción y únicos.
En ausencia de un ambiente estimulante, el cerebro de un niño sufre. Sin embargo la plasticidad del cerebro permite que niños pequeños que han sufrido algún daño cerebral puedan tener vidas funcionales en su vida adulta.
En el taller de desarrollo Vueltacanela, dentro del programa de integración, hemos tenido la experiencia de niños con parálisis cerebral y otro tipo de daños cerebrales. Superar grandes deficiencias con programas de estimulación adaptados e interdisciplinarios que incluyen a la familia.
El Dr. Harry Chungani, neurólogo pediatra en la Universidad de Wayne State en Detroit, dice " Puede que no hagamos mucho para cambiar lo que pasa antes del nacimiento, pero podemos cambiar lo que pasa después de que nace el bebé".
De hecho, los padres son los maestros principales y más importantes del cerebro.
Cuando se les habla a los bebés, las madres y los padres de la mayoría de las culturas cambian su manera de hablar. De esta forma, argumenta la Dra. Anne Fernald, psicóloga de la Universidad de Stanford: "Ponen sus caras muy cerca del niño", " usan frases cortas, y hablan de una forma melodiosa inusual. " Los latidos del corazón del bebé aumentan cuando escuchan parentese, aunque sea en un lenguaje extranjero. Además, el parentese agiliza el proceso de conexión entre las palabras con los objetos que las denotan. Los bebés de doce meses, a los que se les dice que miren a la pelota, en parentese, dirigen sus ojos al objeto correcto más frecuentemente que cuando la instrucción les es dada en lenguaje normal.
Otros estudiosos del lenguaje entre mamá- bebé, S.Stern-K.Kaye hablan de la paraexitación. Es un inter- juego comunicativo entre dos sistemas madre-bebé, en la cual la interacción gestual produce estímulos y respuestas. El bebé experimenta una serie de respuestas como dilatación de la pupila, movimientos bilaterales, se le paran los pelos y conductancia cutánea.
Son muchos los expertos que hoy estudian este lenguaje y sus repercusiones en el desarrollo emocional, cognoscitivo y físico del bebé.
Yo me voy a referir a un autor en particular que es el Dr. Stanley Greespan que describe seis momentos del desarrollo en la primera infancia en los que podríamos estimular su crecimiento emocional.
En los tres primeros meses de vida, cuando los padres arrullan a sus hijos, les cantan, les cuentan una historia, ayudan al bebé a cumplir con su primera tarea del desarrollo emocional que es autorregularse o interesarse por el mundo. En esta etapa el bebé hará un intento por controlar los estímulos nuevos e integrarlos para poder sentirse tranquilo a pesar de lo novedoso del entorno. Para lograr esto utilizará sus sentidos, debe atender a lo que oye, a lo que ve, lo que toca, lo que huele, lo que saborea y lo que experimenta a través del movimiento. El bebé logra atender simultáneamente a todos los sentidos.
Ambas capacidades se desarrollan de forma conjunta potenciándose la una a la otra. Cuando un bebé está tranquilo, mira, escucha y puede apreciar lo que ocurre en su entorno. Del mismo modo, un bebé que sabe o puede utilizar sus sentidos puede ayudarse a sí mismo a tranquilizarse y prestar atención. Es capaz de excitarse con las diferentes sensaciones al mismo tiempo que las utiliza para calmarse y regularse.
Durante las primeras semanas, los estados de interés o tranquilidad son escasos porque los momentos de alerta también son cortos, pero conforme pasa el tiempo, estos momentos también aumentan.
El bebé está teniendo seguridad a través de tener control. La confianza en la propia capacidad de regulación, es fundamental, constituye la base real de la experiencia emocional humana y se aprende desde el mismo momento de nacer.
En esta fase, su capacidad para organizar imágenes y sonidos está más desarrollada que la de organizar deseos e intenciones que, finalmente, le ayudarán a definir su identidad.
En las labores de cuidado del bebe y en el proceso de conocimiento que hace quien cuida, es donde están los aportes del adulto.
Si nos interesamos en las respuestas de esta etapa podremos entonces hablar del temperamento de nuestro hijo.
Es importante anotar que existen temperamentos difíciles y se caracterizan por mayor irritabilidad y dificultad para regular varios estímulos al mismo tiempo Ej. si lo arrulla, no le cante, si le habla, no le dé masajes.
Algunos niños responden diferente a lo esperado a los estímulos sensoriales, ya sea por alguna condición en su nacimiento o por un dolor generado por un factor interno o externo como un reflujo.
La responsabilidad del adulto es enseñarle al niño a reconocer sus sensaciones, respondiendo a las demandas que hace.
Muy pronto el bebé estará en capacidad de inhibir, responder a los estímulos del medio de manera simultánea y comenzará a interesarse, además del entorno, por las personas.
Esta etapa de los 2 a los 7 meses se caracteriza por el interés que despierta en el bebé el mundo humano. Inicialmente este interés se focaliza en las personas que lo atienden, lo cuidan, lo miman, le hablan, que generalmente son la madre y el padre. Mira a la cara, inicia la sonrisa y los susurros, atiende más a la voz, aparecen las primeras carcajadas, explora con el tacto. Hay una clara demostración de que el bebé está disfrutando la compañía del cuidador.
Responde con mayor intensidad a las interacciones sociales externas que en la primera fase en que dominaban las respuestas a las sensaciones físicas internas (hambre, gases etc.) y en la que la integración sensorial era prioritaria.
Por estas razones el Dr. Greenspan la denomina fase de enamoramiento y la compara con la del cortejo, la del noviazgo o la seducción.
A partir de la relación con sus padres, el bebé aumentará su círculo social sintiéndose a gusto con un grupo más amplio de personas.
El “sí mismo” aparece ahora en relación con los demás. Reacciona a los placeres y alegrías compartidas y también a la pérdida de las mismas.
Al involucrarse en relaciones con otras personas, la tarea es, entonces, establecer relaciones íntimas con padres o cuidadores.
El bebé, aun en una etapa pre-verbal, descubre que sus acciones desencadenan respuestas en otras personas distintas a él. Empieza a definir los límites entre el “yo” y el “tú”. Cuando la mamá le habla, él responde con prolongados balbuceos y la respuesta del adulto es lo que le anima a continuar su diálogo. Aprende la relación causa-efecto. Así como en el mundo de los objetos esta relación es sencilla de establecer y el niño puede aprenderla solo, en el mundo de las emociones esta relación es más compleja y no alcanzará a comprenderla totalmente hasta los 5 o 6 años. En esta fase el bebé ya no solo expresa placer y displacer, alegría y enfado, puede expresar miedo tristeza, sorpresa, decepción etc. Con la aparición de la intencionalidad emerge la necesidad que el niño tiene de que se le impongan unos límites. Cuando leemos un cuento, el bebé se interesa en los gestos que muestran diferentes sentimientos, va a interactuar con un propósito y a ser tenido en cuenta, va a responder con su leguaje del comportamiento que está acompañado de los balbuceos.
Esta intencionalidad va a ser uno de los motivantes del movimiento motor que en los siguientes meses va a ser lo más evidente en los logros del bebé.
Entre los 9 y los 18 meses, el niño empieza a desplazarse y acaba haciéndolo de forma bastante perfeccionada, su comunicación gestual es sofisticada, puede comunicarse con algunas palabras, puede comunicar sus sentimientos dando un abrazo, es capaz de desplazarse hacia la puerta para recibir a su madre y, a su vez, puede alejarse de ella si está enfadado. Si en fases anteriores la capacidad de mostrar sus emociones se limitaba a llorar o sonreír y con otra sonrisa por respuesta se daba por satisfecho, en este momento ha de ser capaz de unir muchas pequeñas actividades y emociones para demostrar su estado de ánimo y exigirá también respuestas más complejas.
Está organizando su conducta y sus emociones. Él aprenderá por sí mismo la influencia que puede ejercer sobre los objetos pero únicamente a través de otra persona aprenderá que los sentimientos amorosos conducen a un abrazo o que una patada o un mordisco conducen a un enfado. De pronto es consciente de que puede tener la iniciativa de poner en práctica conductas que satisfagan sus necesidades y sus deseos y que proporcionen placer a los demás.
Ha adquirido la seguridad en sí mismo suficiente como para tolerar un control a distancia de la madre. Ya no necesita verla, con oírla o saber que está, es suficiente.
Hacia los 18 meses se identifican completamente con el espejo que, junto con la adquisición de la marcha autónoma, la capacidad de explorar ampliada y la independencia que adquiere, son hitos importantes para la consolidación del Yo diferente de los demás.
El proceso más complejo de esta fase es la reunificación de varias reacciones emocionales en una misma persona: él mismo o los demás. En fases anteriores, la madre enfadada para él era la madre mala y la madre cariñosa, la madre buena y no podía conciliar a las dos madres en una. Él, curioso, rabioso o alegre era vivido como islotes aislados no reconocibles como pertenecientes a un mismo ser. Ahora empieza a entender que una misma persona puede estar contenta o enfadada, ser activa y pasiva, sentirse triste o feliz y además seguir siendo su persona amada y la que le da seguridad y protección independientemente de la emoción que le invada en ese momento.
El niño empieza a aceptar los límites y, a partir de ellos, aprenderá lo que puede y no puede hacer. También empieza a elegir a qué jugar, con quién ir, a quién dirigirse y qué límites desea aceptar o transgredir.
En esta etapa es importante que los libros formen parte de los juguetes del niño, pues si se ha motivado en la lectura, podrá desplazarse para alcanzar el libro preferido y pedirle al adulto que se lo lea.
Durante los 2 primeros años de vida, el desarrollo global del niño ha sido vertiginoso y esto afecta también al desarrollo emocional.
Ha adquirido independencia pero aun no está suficientemente seguro para utilizarla, sus posibilidades de expansión son enormes pero puede tener miedo de no poderlas controlar, empieza a saber lo que puede o no puede hacer pero no tiene muy claros los límites, no sabe interpretar todos los estados emocionales de los adultos y se esfuerza en comunicar los suyos aunque no siempre su lenguaje aun limitado le permita hacerlo con propiedad.
Entre los 2 y 3 años aumentan las rabietas, los enfados y la terquedad que no deben siempre interpretarse como desafíos a la autoridad sino que pueden ser reflejo del tremendo esfuerzo que ha de hacer el niño para utilizar todo lo que ha aprendido tan rápidamente. Quiere tomar decisiones pero todavía no sabe hacerlo bien, cuando finalmente quiere algo y lo obtiene, duda sobre su decisión y opta por otra cosa y luego quiere las dos y ahí es cuando viene su frustración. Está pidiendo a gritos que alguien le ayude a mantenerse en alguna decisión y así darle valor a su palabra. Lo que está pidiendo es que le ayuden a poner límites. Claramente sus protestas van a ser más verbales hacia los tres años.
Entra en la etapa de la simbolización.
El niño es capaz de manejar símbolos, gracias a la maduración de su sistema nervioso junto con la riqueza de las experiencias afectivas experimentadas con anterioridad.
A partir de este momento el niño es capaz de sentir placer no únicamente viendo u oyendo a su madre sino únicamente imaginándosela. Es capaz de resolver un conflicto representándoselo y sin necesidad de pasar a la
acción.
La foto de un árbol puede producirle una imagen mental de paz y la de una barca, de miedo, en función de las experiencias emocionales que el niño haya previamente experimentado respecto a ambos elementos.
Durante los primeros meses de vida el bebé reconocía a las personas por el olor, o por la voz o el tacto, actualmente a este conocimiento se une el de si es simpática, si tiene mal genio, si es alta o baja, más o menos tolerante con él; puede identificarla aunque esté triste o alegre y puede imaginársela jugando con él o riñéndole o vestida de Caperucita Roja, sin estar ella presente.
El niño es capaz de crear una imagen mental física o emocional de una persona, de una situación o de una interacción y utilizará esta posibilidad para resolver conflictos, calmar ansiedades, anticipar situaciones, etc.
En el momento en el que el niño aprende a utilizar símbolos para crear un estado interno de seguridad y para poder pensar en su mundo interior y su entorno comienza a experimentarse a sí mismo, en parte, como lo hacen las personas adultas.
La Dra. Breslau Lewis describe la etapa de los 2 años y medio a los 4 años, como un momento en que los niños y las niñas descubren la lógica causa-efecto aplicada a las emociones. Puede darse cuenta de que sus sentimientos de rabia y la conducta correspondiente pueden llevar a castigos o miradas furiosas de sus padres. A partir de ahora iniciará la construcción de su futura conciencia moral.
Puede combinar muchas ideas y sentimientos de forma lógica y cuenta con más recursos para analizar la realidad y diferenciarla de la fantasía, controlar sus impulsos, estabilizar sus estados de ánimo, ser emocionalmente más estable, combinar pensamientos y emociones para que tengan un sentido y poseer mayor capacidad de concentración y de planificación de futuro. Es maravilloso ver cómo a los cuatro años, los niños y las niñas que se ponen un disfraz, se convierten en el personaje que representan. Esa conciencia entre lo real y la fantasía, les permite representar muy bien su papel
En este momento discrimina entre él y los demás y sus emociones y las que pertenecen a los otros. Puede aparecer la figura del amigo imaginario y emergen los sentimientos de culpa y de vergüenza.
Es capaz de matizar y es más flexible y sutil al interpretar sus emociones y las de los demás y esto le permite comprender mejor cómo es él mismo y también el resto de personas. Comprueba la complejidad del mundo de las emociones.
Otro cambio importante de esta etapa es el inicio de las relaciones triangulares. ”El tío es hermano de mi mamá” Hasta ahora era con el padre o la madre pero a partir de este momento será capaz de incluir a los dos en su relación de forma simultánea, puede incluir hermanos, compañeros de guardería, hacer alianzas etc. y esto le ayudarán a consolidar su YO con mayor seguridad que en etapas anteriores.
Las fases se solapan en edad debido a que el inicio y el final no son conceptos rígidos y/o a que algunos cambios se realizan de forma simultánea.
Al igual que las actitudes y respuestas que los adultos damos a los niños desde los primeros momentos de su vida facilitan o entorpecen el desarrollo y control de sus emociones, el cerebro desempeña un papel fundamental.
Pasar de una emoción simple a otras complejas, de intereses muy limitados a querer descubrir el mundo, de la rigidez a la flexibilidad, adquirir la capacidad de diferenciación y reconocerse como “si mismo” diferente de los demás, controlar los miedos y la ansiedad, adquirir seguridad etc. requieren que el sistema nervioso central haya alcanzado la madurez adecuada.
Las alteraciones psicológicas en los niños, al igual que en los adultos, no aparecen de forma repentina y suelen ir precedidas de unos signos de alerta.
Bibliografía.
Michel Zule
Michel Kocs
D. Stern – K Kaye
Ellen Stork